La nieve empezó a caer poco antes de que anocheciera. No caía rápido ni fuerte.
Caía despacio, como si supiera que esa noche nadie tenía prisa.
Dentro de la casita de madera, el Osito Dormilón acomodaba todo con cuidado. Avivó un poco el fuego de la chimenea, estiró una manta grande sobre el piso y colocó una mesita baja cerca del sillón.
Encendió las luces pequeñas que colgaban de las paredes y luego se quedó quieto, observando.
Todo estaba listo.
El Osito se puso su pijama azul de puntitos, su gorrito de dormir y se envolvió el cuello con una bufanda suave. Miró por la ventana.
¡A lo lejos, entre los árboles, vio moverse una pequeña sombra!
Primero llegó el Conejo.
Tocó la puerta muy despacio, como si no quisiera molestar a la noche. Traía consigo un pan recién hecho, todavía tibio.
—Feliz Navidad —dijo en voz bajita.
—Pasa —respondió el Osito—, el fuego ya está encendido.
Poco después llegó la Ardilla, sacudiéndose la nieve de la colita. Traía una bolsita con galletas y sonrió al sentir el calor de la chimenea.
—Aquí está mejor que afuera —susurró, acomodándose en la manta.
El último en llegar fue el Búho.
Entró con cuidado, cargando varios libros bajo el ala. Libros viejos, de tapas suaves, llenos de cuentos leídos muchas veces.
—Traje historias —dijo—, por si alguien quiere escuchar antes de dormir.
Al escuchar eso, el Osito sonrió.
—Entonces esta noche es perfecta.
Se sentaron juntos cerca del fuego. La nieve seguía cayendo afuera, pero dentro de la casita todo era luz tibia y silencio cómodo.
—Antes de cenar —dijo el Osito—, voy a contarles un cuento.
El Búho le pasó uno de los libros y el Osito lo abrió con cuidado. Aclaró la voz y empezó a leer despacio.
Contó una historia de invierno. De noches largas que enseñaban a descansar.
De amigos que se reunían sin prisa y de silencios que cuidaban el sueño.
Mientras leía, el vapor subía lentamente de una taza caliente sobre la mesa.
El Conejo se acomodó más cerca del fuego.
La Ardilla apoyó la cabeza en la manta.
El Búho escuchaba con los ojos entrecerrados.
Cuando el cuento terminó, nadie habló de inmediato. El silencio era parte de la historia.
Después cenaron. Sopa caliente, pan suave y galletas dulces. Comieron despacio, escuchando el crepitar tranquilo de la chimenea.
Al terminar, el Búho guardó los libros, la Ardilla se puso el abrigo y el Conejo se acercó a despedirse.
—Gracias por el cuento —dijeron, uno por uno.
Salieron de la casita con cuidado, perdiéndose entre la nieve y los árboles.
El Osito cerró la puerta suavemente y regresó junto al fuego. Entonces lo vio.
Sobre la mesita, cerca de la chimenea, había un pequeño regalo.
¿Quién lo habría dejado ahí?
Lo tomó con curiosidad y lo abrió despacio. Dentro encontró una mantita tibia, del tamaño perfecto para dormir mejor.
El Osito sonrió. Era una Navidad muy feliz.
El Osito Dormilón cerró los ojos, mientras la chimenea seguía encendida, cuidando su descanso.
Continuará...