La mañana después de Navidad llegó despacio.
El Osito Dormilón abrió los ojos cuando la luz entró suave por la ventana de la casita de madera. No había prisa. No había ruido.
La mantita nueva todavía lo cubría hasta el cuello y estaba tan tibia que el Osito se quedó quieto unos segundos más, respirando profundo.
—Qué buen regalo, y de mi color favorito, el azul —pensó.
Afuera, la nieve seguía en el suelo, pero el cielo estaba claro.
El bosque parecía estar descansando después de una noche especial.
El Osito se levantó, se puso su pijama cómoda y preparó una taza caliente.
Luego miró hacia el estante donde guardaba sus libros.
Ahí estaban. Sus cuentos favoritos.
Los que había escuchado muchas veces.
Los que siempre le daban sueño antes de terminar la última página.
Se sentó cerca de la chimenea, se cubrió con la mantita y tomó el primer libro. Lo abrió despacio, como hacía el Búho, cuidando que las páginas no hicieran ruido.
Leyó un cuento corto. Luego otro.
A veces leía en voz baja. A veces solo movía los labios. En algunos momentos, se quedaba mirando el fuego, pensando en las historias.
El Osito siguió leyendo un rato más. Porque ese día tranquilo se sentía perfecto para hacerlo.

Cuando el sol se ocultó, leyó un cuento más y luego cerró el libro, bostezó y se acomodó de nuevo en su cama, pensando en los cuentos que había leído durante el día.
Entendió que algunos regalos no se usan solo una noche. Algunos se quedan para acompañar muchos días tranquilos.
El Osito Dormilón se fue quedando dormido muy contento, cobijado con su mantita azul, mientras el bosque entero seguía descansando con él.