Ese día, el Osito Dormilón despertó antes de lo normal.
Pensó un momento, buscando en su cabeza qué tenía que hacer. No encontró nada.
No había visitas. No había comidas especiales. No había ningún plan esperándolo.
El Osito se sentó en la cama, envuelto en su mantita, y sonrió.
—Entonces voy a elegir yo —dijo en voz bajita.
Se levantó, se puso su pijama cómoda y caminó hasta la ventana. Afuera, el bosque despertaba despacio: algunas huellas en la nieve, un poco de humo saliendo de las chimeneas, el cielo claro.
Decidió empezar por algo sencillo.
Después de tomar un desayuno nutritivo a base de miel, tomó uno de sus libros de cuentos. Leyó un rato, pasó las páginas con cuidado y marcó su parte favorita con una hojita seca.
Después guardó el libro y salió un momento al exterior. Caminó sin prisa, saludó al Conejo que barría la entrada de su casa y a la Ardilla que saltaba entre ramas cargando nueces.
No se quedó mucho. Volvió cuando sintió frío en la nariz.
De regreso en la casita, el Osito ordenó los libros, sacudió la manta y acomodó la mesa. No porque alguien fuera a venir, sino porque le gustaba cómo se veía todo listo.
Cuando el día empezó a oscurecer, se sentó otra vez junto a la chimenea. No había hecho nada grande. Pero había hecho muchas cosas pequeñas.
Se quedó mirando el fuego para relajarse.
El Osito bostezó, se acomodó mejor y cerró los ojos un momento.
Entendió que no tener planes no significa no hacer nada. Significa tener tiempo para decidir.
Y con ese pensamiento tranquilo, el Osito Dormilón dejó que el día terminara,
despacio, como todo lo bueno.